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3 de octubre de 2015

OCTUBRE MISIONERO: "¿QUÉ ES LA MISIÓN?

Cuando en nuestras comunidades languidece la vida cristiana en todas sus manifestaciones, la realidad misma de las misiones se ve alejada y se juzga irrelevante

La misión, que han de realizar los misioneros y a la que están llamados a servir, nace de la fuente del Corazón del Padre, que quiere que todos los hombres se salven. El Hijo vino con la misión de hacer realidad este sueño de Padre. Impulsada por el Espíritu Santo, la Iglesia se sabe enviada a anunciar y aplicar en cada corazón humano y en cada cultura la salvación de Jesucristo.

Dios Padre nos ha elegido en su Hijo Jesucristo y nos ha destinado para que en el Espíritu Santo demos frutos de vida, que sean abundantes y duraderos.

El Padre se ha compadecido de nosotros al vernos como sarmientos secos, que sólo valen como leña para el fuego del invierno. Nos injertó en su Hijo Jesucristo, Vid verdadera, para que empezáramos a producir frutos en el Espíritu Santo. La delicada operación del injerto ocurría el día de nuestro bautismo y desde ese día corre en nosotros savia divina. En aquel día feliz Cristo compartió con nosotros lo mejor de sí: su vida divina. Y así nos aportó los nutrientes necesarios para producir uvas de la mejor calidad.

Incorporados a Cristo, hijos del Padre y marcados con el sello del Espíritu Santo, se espera de nosotros realicemos toda clase de obras buenas. Y la mejor de estas obras, aquélla que mayor gloria da a Dios y mayor bien reporta a los demás, es compartir con los hombres y mujeres de cerca y de lejos la salvación recibida, para que ellos, como sarmientos, sean injertados en Cristo, Vid verdadera, y perciban cómo corre en ellos savia divina y cómo pueden también ellos producir frutos de vida, abundantes y duraderos.

La unión con Cristo es condición indispensable para producir frutos de vida eterna.

Si en el sarmiento encontramos las uvas que buscamos es porque permanece unido a la cepa. La capacidad de realizar las buenas obras, que de nosotros se esperan, depende del vigor de nuestra unión con Cristo. La misma obra misionera, su impulso y pujanza, dependen del grado de unidad que los miembros de la Iglesia mantengan con Cristo Cabeza. Romper con Cristo es negarnos toda posibilidad de futuro y hacer inoperante la misma vida divina en nosotros. Cuando en nuestras comunidades cristianas disminuye el entusiasmo misionero es porque en ellas se da con seguridad un déficit de vida religiosa, espiritual y sacramental.

Todos tenemos experiencia que, viviendo en la amistad y gracia de Cristo, la fuerza del Espíritu produce en nosotros amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí... Y cuando rompemos con Él, brotan por doquier en nosotros odios, sensualidades, discordias, impurezas, celos, iras, rencillas, divisiones, envidias... Las mismas comunidades cristianas tienen experiencia de la relación que se da entre la unión con Cristo y el dinamismo misionero. 

Si se da tal unión, surgen vocaciones misioneras; se reza por y se colabora con los misioneros; hay interés creciente por la realidad de las misiones y se ofrecen sacrificios por el éxito de sus empresas. Cuando en nuestras comunidades languidece la vida cristiana en todas sus manifestaciones, la realidad misma de las misiones se ve alejada y se juzga irrelevante.

La unión con Cristo se inicia, se mantiene, se fortalece y se restaura poniendo los medios adecuados.

Y esto vale para los creyentes en particular y para las comunidades cristianas en general. Orar, leer la Palabra de Dios, recibir con frecuencia los Sacramentos, sentir con la Iglesia y acompasar el paso al ritmo que marcan los Pastores son los medios de hoy y de siempre para iniciar, mantener, fortalecer o restaurar la unión de vida con Cristo de cristianos y de comunidades.

Uno y el mismo es el Señor, que a todos ha llamado a la santidad de vida y a la misión. Ambas llamadas están íntimamente relacionadas. No se pueden cumplir disociando la una de la otra ni, mucho menos, enfrentándolas.

P. Lino Herrero Prieto CMM
                   Misionero de Mariannhill