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17 de diciembre de 2013

MI EXPERIENCIA PERSONAL: "HAITÍ, EL GRAN OLVIDADO"

Rockson Zephyr es un joven haitiano de veintiún años. Sobrevive a la miseria en el barrio de Tabarré, en Puerto Príncipe. Su delgadez extrema no ha logrado imponerse a la musculatura que perfila sus negros contornos, fruto del trabajo físico que viene realizando desde la más tierna infancia. 

Sus ojos, de color azabache, le sirven de ventanas a través de las que toma consciencia de la cruda realidad, a la par de hacer las veces de tragaluces para quienes desean acceder al interior de su alma. 

Sus movimientos son gráciles, naturales, armónicos, propios de quien se manifiesta desprovisto de máscaras, desde la autenticidad de su ser. 

Suele ir acompañado de una amplia sonrisa sincera, que no logra borrar del todo el rictus nacido de su responsabilidad. Sólo cuando suena la música, sus facciones se relajan por completo, su cuerpo fluye integrándose en el aire, su mente abandona la constante actividad dirigida a la búsqueda de alimento, desapareciendo por un instante.


El crujido del terremoto, cuando sólo contaba con diecisiete años, resonó como una llamada interior que le anunció la misión de encontrar a sus hermanos. La búsqueda desesperada entre los cadáveres y los heridos, le llevaron milagrosamente hasta Adelson, el pequeño, que vagaba, con tan sólo doce años, perdido, desorientado, en medio de la desolación, sin haber probado bocado durante tres días. Poco después, se topó con Jeff, el segundo, que tenía quince años por aquel entonces. Comenzaron viviendo en la calle, durmiendo al raso, mendigando, alimentándose de basura. Ocuparon después una tienda de campaña. Hoy viven entre cuatro paredes de bloque. Quizá al año próximo puedan acristalar las ventanas que se perfilan para permitir el paso del calor asfixiante, los mosquitos, el viento, el polvo y la lluvia.

La espiritualidad de Rockson está arraigada en sus raíces más profundas. Mantiene una permanente comunicación con Dios, aunque no va muy a menudo a misa, porque sus zapatos y sus ropas no le hacen digno de entrar en la casa del Señor.

Rockson nos ha cedido su mano para tocar la realidad de Haití; se ha constituido en los ojos que nos han permitido ver; ha puesto la voz con la que nos hemos comunicado con la población; ha cuidado de nosotros con amor incondicional.

En el centro de Puerto Príncipe, a escasos metros de su destartalado aeropuerto, muy cerca de mercado central (por donde un blanco no puede pasear solo) entre el bullicio, la basura, los escombros, se erige un muro cuya puerta conduce a un remanso de paz. El Padre Rafael dirige el seminario de la congregación de San Vicente Paúl. Entre unas instalaciones humildes y pulcras se puede disfrutar de la armonía y el recogimiento. Rafael también es haitiano. No pasará de los treinta y tres años, aunque allí los hombres siempre parecen mayores que aquí. Su actividad es frenética. 

El teléfono móvil echa humo y no permite mantener una conversación ininterrumpida con él más allá de dos minutos seguidos. Además del seminario, dirige la parroquia de Tabarré, canta misa en otros lugares. También ha puesto en pie la escuela en la que estudian y comen trescientos niños durante el curso escolar, está abriendo un pequeño hospital… , y tantas y tantas labores, que no existe aquí espacio para narrarlas. Se levanta a las cuatro y media de la mañana y, a la par que da extensos sermones, coloca las tuberías del desagüe, paga, contrata, despide, negocia, compra y bandea contra la picaresca de quienes pretenden sacar provecho de alguien que, como él, ofrece trabajo.

Sobre estos dos sencillos, pero consistentes cimientos (Rockson y el Padre Rafael) se levanta la obra de Nati. Natividad Ruiz, Carmelita Vedruna, residente en Segovia, entrega toda su energía creadora para contrarrestar la fuerza destructora del terremoto más terrible que ha asolado a la historia reciente de la humanidad. Su vocación misionera le ha llevado por Honduras (huracán Mitch), Venezuela, Brasil o Zimbabwe. Su amor de Dios se ha reforzado con los años, que le proporcionan la experiencia para desarrollar aquello que se propone. Su vitalidad, lejos de debilitarse con el paso del tiempo, se ha vigorizado.

Nati visitó Haití a raíz del terremoto, en enero de 2.010. Se fue en busca de una hermana desaparecida entre los escombros, a quien habían dado por muerta o, al menos, por desaparecida. Estuvo tres días con sus noches sin comer ni dormir atendiendo a tullidos por las calles, poniendo torniquetes, vendando heridas. Desde entonces, quedó atrapada por ese país tan necesitado, tan olvidado. Comenzó de la mano de “Mensajeros por la Paz”, la ONG “Ashuade” y la del Padre Rafael. 


Con su ayuda, levantó el restaurante “La Espiga”, una panificadora que da trabajo a treinta familias y provee de pan a casi todo el barrio de Tabarré. También la “Herrería”, en la que se están ultimando los últimos detalles y permisos para formar y contratar a los jóvenes de aquel arrabal. Este último año ha decidido actuar sin el apoyo de organizaciones. Ha acudido sola, con nosotros, con la base logística de Rockson, la colaboración de Rafael, la ayuda de Cáritas, de su congregación, de las aportaciones de un par de actos benéficos y de los particulares que han depositado en ella su confianza.

Su actividad estrella, el campamento de verano en Tabarré, ha permitido que ciento cincuenta jóvenes tuvieran dos comidas calientes y nutritivas al día, a la vez que recibían una formación integral impartida por un grupo de profesores haitianos y los seis voluntarios españoles que la hemos acompañado en esta empresa. De este modo, los chavales han abierto sus horizontes, sus perspectivas y sus puntos de vista. Al año próximo, junto a su inseparable amigo Rafael, pretende crear una pequeña factoría de máquinas de coser para las mujeres del barrio. Ha comprobado que, a las madres, al igual que a ella, no se les despista un “gourde” cuando se trata de alimentar o educar a sus hijos. Los hombres estamos hechos de otra “pasta”.

Como mujer que es, ha cuidado del legado que los segovianos (y gente de otras provincias en menor medida) le han entregado para que lo custodiara. Basándose en una economía doméstica y sencilla, ha destinado cada euro para el fin encomendado, sin que se desviara ni un solo céntimo por el camino.

Observar a Nati moviéndose por Haití resulta una experiencia inenarrable. A sus sesenta y ocho años, baila, salta, juega, anda con varios niños colgados del cuello y, curiosamente, sus dolores de espalda y su artrosis desaparecen en cuanto pone los pies en aquella su tierra. Desde el momento en que el avión aterriza, se transforma. Recobra el poder que sólo está contenido en la feminidad. Utiliza las palabras precisas en cada momento, impartiendo desde el amor las directrices de su proceder. Organiza desde la sombra, anima desde el abrazo y la comprensión, cocina a luz de un frontal, madruga como los pájaros, sigue el ritmo de la luz del sol, fluye con las situaciones, toca, besa a las mujeres, les habla en el idioma de la compasión que todas ellas entienden. Concilia, resuelve conflictos, y también se permite el placer de dejarse querer, lo que la hace aún más cercana.

Nati ha tirado del carro de los seis voluntarios que la hemos acompañado este año. Ella sólo conocía a Ester, que repetía y que tiene parte de su alma allí. Pablo y José estaban en paro. Han gastado todos sus ahorros para desplazarse y colaborar en esta labor. Pablo ha descubierto una vocación escondida que le llama a voces desde dentro. José se ha reencontrado con su niño interior. Berta ha temblado en idéntica vibración que el terremoto, desprendiéndose de su rigidez. Ana, mi consorte, se ha rendido  dejándose llevar, sin oponer resistencia a las adversidades. Yo me he enfrentado cara a cara con las sombras más oscuras de mi interior. Y es que, cuando te olvidas del “yo”, te instalas en el “ser”, y desde esa ubicación, los contornos del dar y el recibir se difuminan y todo se transforma en fluir.

En enero habrán transcurrido cuatro años desde que la tierra se tragó la pobreza para sembrar la miseria. La situación de los haitianos no ha mejorado en absoluto. Los tejados de sus casas siguen siendo el cielo o el plástico. En la mayoría de los barrios carecen de agua corriente y de instalación eléctrica. Se duchan con cazos, con los que vierten sobre sus cabezas el agua de cubos transportados desde los pozos que también sirven para mitigar su sed. Sin trabajo ni infraestructura, sus habitantes se alimentan de mondas de plátano y un poco de arroz, mientras una minoría insignificante, corrupta y cercana al poder,  acapara la práctica totalidad de la riqueza y los recursos.

Ante este panorama, Naciones Unidas se ocupa de autoabastecer sus propias necesidades. La mayor parte de su presupuesto se diluye en la construcción de sus bases y oficinas, el pago de sus funcionarios, la compra de sus vehículos de lujo, el salario de sus soldados y el aprovisionamiento de su armamento. Su presencia se encuentra tan alejada de la población, que unos y otros ni siquiera se miran y jamás se encuentran. Los supermercados, mercadillos, tiendas, restaurantes, discotecas, prostíbulos y playas se identifican por el sello de la diferenciación, dependiendo de si su disfrute es para unos u otros. Por ese motivo, los blancos no tenemos allí muy buena prensa. El caso es que, salvo cuatro obras puntuales (la reconstrucción de la plaza de Naciones Unidas, entre ellas) a simple vista, no se aprecia ninguna clara actividad de apoyo o ayuda a la población. Y esta es la opinión generalizada de la mayoría de los haitianos.

Hambre, pobreza extrema, desencanto, enfermedad, desesperanza, desolación, recorren los escombros, los cascotes y las tiendas de campaña en las que se hacina la población. Resulta paradójico que el esclavismo, abolido mediante revolución, se haya vuelto a imponer veladamente. El haitiano de a pie carece de toda libertad. Sin acceso al trabajo por parte de los padres, los hijos no pueden acudir a la escuela o al hospital, que son privados. Viviendo bajo los plásticos, la población enferma y, simplemente, muere. Tampoco existe la posibilidad de salir del país, puesto que las tasas que se deben pagar son inaccesibles para ellos. Con esto, se encuentran encarcelados en el presidio de la indigencia sin posibilidad de escapar de él.

A pesar de ello, el haitiano es alegre, relativamente feliz, hospitalario, generoso y de profunda espiritualidad. La mayoría de ellos son cristianos (católicos, protestantes, evangelistas) con un toque más o menos pronunciado de sus tradiciones vudús, que llevan arraigadas hasta la médula.

Con este panorama, las mujeres haitianas no paran de parir. A unos, por inercia; a otros, por descuido; a algunos, fruto de la violación o el abuso. En los barrios, “conejadas” de niños -que acaban de aprender a andar- campean desnudos, a sus anchas, reconociendo su territorio, subiéndose a los tejados, trepando por los postes, imponiendo su particular ley del más fuerte, fuera del alcance de los ojos de los adultos y ajenos a cualquier problemática. 

La energía vital y la felicidad a raudales, recorren con tal fuerza sus cuerpos escuálidos, que el corazón de quien los observa se resquebraja, colmándose de un amor con un matiz desconocido hasta entonces. El brillo de sus ojos resulta tan luminoso, que deslumbra hasta provocar el llanto de quien lo contempla. Se trata de lágrimas de ahogo, de compasión, de plenitud, de desconcierto, de reacción espontánea al estado de shock que provocan. Porque ante aquellas miradas, no valen las máscaras, los recursos aprendidos, la cerrazón, o el desvío de la atención. Simplemente, desarman, desnudan y enfrentan cara a cara con esa esencia divina que habías olvidado hasta ese justo instante.

Despedirse de Haití requiere una dosis de humildad y reconocimiento de cuanto allí te han dado. Una marca indeleble queda grabada en lo más profundo del ser para toda la eternidad. Quien fue para enseñar, regresa con la lección aprendida. Quien marchó para ayudar, vuelve con los bolsillos cargados de bendiciones. Quien viajó para dar, debe desprenderse de lo atesorado con avidez para que le quepa todo lo recibido.

Despedirse de Haití supone, sumergirse en la profundidad del silencio en el que las palabras no sirven, reconocer el vacío en el que todo se desvanece, asomarse al abismo de la soledad absoluta, cortar  las amarras que atan a cuanto ofrece seguridad a cambio de pérdida de libertad, desprenderse de las personalidades utilizadas hasta entonces para relacionarse, reencontrarse con esa chispa de divinidad con la que nacimos. 

Haití es el gran olvidado. Algunos hemos vuelto con la MISIÓN de recordarlo.

Fdo.: Ángel Gracia Ruiz.
           -Abogado-.
          03436894G.
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