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2 de julio de 2014

ETIOPÍA: LA EXPLOSIÓN ESPIRITUAL DE LA DIVERSIDAD

Una voz, susurrándome sensualmente al oído, acompañó mi tránsito del sueño a la vigilia: "¡Etiopía...!", me decía. Poco más que sus hambrunas conocía yo por aquel entonces de aquel fascinante lugar.

Por Ángel Gracia Ruiz/Misioneros Tercer Milenio
Hablamos del único país africano que ha mantenido unos límites geográficos más o menos estables desde la antigüedad (salvo Eritrea) y que jamás ha sido colonizado ni conquistado por ninguna nación europea. Lo intentaron en dos ocasiones los italianos sin conseguirlo: en 1895, y con Mussolini, en los 40 del pasado siglo. Hablamos del reino más antiguo de África, y de la primera monarquía cristiana del planeta.


Si tuviera que definir Etiopía con dos palabras, éstas serían “diversidad” y “originalidad”. Ochenta y dos lenguas, 220 dialectos, religiones en armonía, orografía, flora, etnias, horario, calendario (se siguen rigiendo por el juliano, por lo que rejuveneces siete años cuando la visitas), cumbres nevadas, tórridos desiertos por debajo del nivel del mar, altiplanicies, llanuras, lagos dulces y salados, paisajes verdes y yermos desiertos, ríos azules (Nilo) y rojos (Omo), fauna salvaje, animales autóctonos y endémicos,  clima, parques nacionales... Mantiene una escritura e idioma exclusivos: el amárico, que procede del geez etiópico clásico. Se trata de una lengua semítica que desaparece en el siglo X-XII y se sigue utilizando en la liturgia, similar al acadio de Mesopotamia. Cultivan teff, chat, café, ensete... Su plato nacional, la injera, que desayunan, comen y cenan.

Si bien todo lo anterior tiene entidad suficiente como para zambullirse de cabeza en la profundidad de la esencia de Etiopía, lo cierto es que lo que resonó con más intensidad en mi corazón fue su multidiversidad étnica y su profunda espiritualidad, sin dejar de lado que allí se consumó el origen de los humanos como especie, en el cuerpo de los primeros homínidos que poblaron la tierra.

La región de las nacionalidades del sur

En el suroeste, en la región de las nacionalidades del sur, cohabitan más de 80 grupos étnico-lingüístico-culturales, formando un mosaico de pueblos que conviven en una complicada relación entre la supervivencia y el desplazamiento. Es una de las regiones más aisladas de África. Su compleja organización, basada en los sistemas de edad (con sus ritos), su relación con la tierra y el ganado, y la estética de sus cuerpos como lenguaje que determina la identidad del individuo en el grupo, confieren a esta región una palpable independencia del resto del país. Su realidad dista milenios del escenario en el que se desenvuelve la vida de una nación que intenta ser moderna. Las únicas decisiones del Gobierno central que afectan a estos pueblos son las declaraciones de sus espacios como parques nacionales, o la venta indiscriminada de miles de hectáreas de sus campos a ricos magnates chinos o indios, para que estos las dediquen a la explotación de macrocultivos transgénicos en los campos más extensos del planeta. Con ello, esta riqueza humana irrepetible está condenada a su extinción en las próximas décadas.

Allí, en sus planicies, se han descubierto los fósiles de homínidos más antiguos del planeta y los científicos lo han declarado como el lugar de origen del ser humano.

A vista de pájaro

Al margen de la belleza deslumbrante de un país desconocido, y de la riqueza humana en estado puro y libre de contaminación de las etnias, nos topamos con una población variopinta que, salvo en la capital, Adís Abeba (en amárico, “Flor Nueva”), conviven sobre la estructura de una agricultura y ganadería de subsistencia. El 85% del empleo etíope está generado directa o indirectamente por estas dos actividades básicas, que dependen completamente de los designios de la climatología.

Está organizada como república democrática (más teórica que práctica) federal y presidencialista. En sus carreteras (algunas de ellas, asfaltadas) se dan cita vehículos de lujo, coches destartalados, motocicletas, bicis, viandantes, cabras, ovejas, cebúes y burros. No resulta extraño cruzarse con algún indígena paseando orgulloso su identidad desnuda por el centro de la calzada.

No puede negarse que la pobreza se masca en Etiopía, tanto en la población urbana como en la rural. Los primeros viven en casas de bloques de cemento, con unas sencillas colchonetas como único mobiliario; mientras que los segundos continúan cobijándose en chozas de adobe y paja, intercambiando en los mercados los escasos excedentes de sus pequeñas cosechas por teléfonos móviles y otros utensilios que aquí nos resultan tan corrientes.

La mujer constituye el cimiento de África. Y Etiopía no es precisamente la excepción a esta premisa. Mientras el hombre trueca, trapichea, compra, vende, trabaja, se busca la vida y, en ocasiones, bebe, ellas cultivan los campos, acarrean leña, van a los pozos para aprovisionarse de agua, paren y se ocupan de sus extensas proles. Son las educadoras naturales de sus hijos, pues muchos de ellos (especialmente, las chicas) no tienen acceso al colegio, que casi siempre es privado. Su estatus es de sometimiento al hombre. Son frecuentes víctimas de violencia y, en determinados lugares, de ablación genital, si bien es cierto que esta última práctica está desapareciendo a paso lento. Acarrean el peso de su carga con una dignidad sobrecogedora, reivindicando siempre su feminidad, pisando fuerte sobre la tierra a la que están enérgicamente enraizadas.

La presencia misionera en Etiopía es aislada. Hermanas de la Caridad (fundadas por Teresa de Calcuta) y algunos grupos misioneros esparcen su semilla por la inmensidad del país. En la mayoría de los casos se ocupan de la alimentación y educación de los niños (como siempre, el sector más desfavorecido) a través de orfanatos o escuelas. 

Espiritualidad etíope

Con la excepción de las creencias animistas que rigen los designios de los pueblos y nacionalidades del sur, las dos religiones que amalgaman la práctica totalidad de la nación etíope son la Iglesia ortodoxa tewahedo (integrada generalmente por amaras y tigrés, al norte del país, que suponen el 60% de la población) y la musulmana (por oromos y afar, del centro-sur y este). Ambas religiones conviven en perfecta simbiosis, armonía y mutuo respeto.

Creen firmemente los etíopes que, sobre el año 1.000 antes de Cristo, la soberana de Aksum, Makeda (la reina de Saba) organizó una caravana con 797 camellos, cargada de oro y piedras preciosas, para conocer de primera mano las maravillas que había escuchado sobre el gran templo de Jerusalén y la sabiduría de su rey, Salomón. En la última noche de su visita concibió con él a Menelik, quien, al cumplir los 21 años, regresó a la ciudad santa para conocer a su padre. De aquel encuentro regresó a Etiopía con el arca de la Alianza, pasando a ser su pueblo el elegido por Dios. La Iglesia etíope es para ellos la depositaria de la fe cristiana y del contenido del Nuevo Testamento. En la actualidad, el arca se encuentra (dicen) en la basílica de Nuestra Señora de Sión, en Aksun. Así está escrito en el epílogo del Kebra Negast (el Libro de los Reyes), antes de relatar la vida de los emperadores que, desde Menelik hasta Haile Selassie (1892-1975), han gobernado el país “por la gracia de la sangre salomónica que corría por sus venas”.

El monofisismo de Cristo (afirmación de una única naturaleza, divina, en oposición a la realidad de su doble condición divino-humana) llevó a la separación de la Iglesia ortodoxa etíope en el concilio de Calcedonia en el año 451. El aislamiento, durante siglos, de esta Iglesia ortodoxa etíope la hace depositaria de tradiciones, principios y ritos ancestrales, que se han mantenido con fuerza inusitada a lo largo de los siglos, arraigándose en la profundidad del alma de sus fieles. La Iglesia ortodoxa tewahedo (etíope), resulta totalmente independiente de la copta, aunque en ocasiones se la maldenomina como tal. Todos sus textos sagrados se mantienen en geez. La histórica separación que a lo largo de los siglos mantuvo la Iglesia tewahedo etíope con la ortodoxa copta culminó con el famoso último emperador etíope, Heile Selassie, en 1929.

Su santidad Abune Matías nombra a los obispos. La comunidad religiosa se completa con los sacerdotes, monjes, monjas y diáconos. Centenares de monasterios salpican la belleza paisajística del norte del país, enclavados en los lugares más inverosímiles e inaccesibles. A algunos de ellos solo se puede llegar trepando con cuerdas.

En todas las iglesias y monasterios se guarda, en su lugar más sagrado (Queddus Queddusan), una réplica del arca de la Alianza (tabot). El tabot se erige como el símbolo de una fe. Representa una elaborada relación simbológica entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y entre las Tablas de la Ley y el Arca. Es el signo que representa la unificación del país más multidiverso del planeta. Es aquello que, incomprensiblemente, imbrica los hilos de las culturas, lenguas y creencias más dispares que se pudieran imaginar. Sin duda, es la insignia de la unificación de uno de los Estados que ha mantenido su identidad más allá de los anales de la historia.

Resulta sobrecogedor asistir como testigo a uno de sus ritos. Lo que más llama la atención es el estado de recogimiento meditativo, consciente y profundo de los asistentes. Miles de feligreses cambian los domingos sus harapos diarios por inmaculadas gasas blancas que cubren sus cuerpos de la cabeza a los pies, y se dirigen en procesión al culto. Dependiendo de su estado de pureza, tienen o no acceso al interior del recinto, y solo los más elevados en este rango de purificación toman la comunión, bajo las dos especies (pan fermentado y vino). El ayuno y la abstinencia comprenden la carne y sus derivados, como la leche, la mantequilla, etc. Su prescripción afecta a casi la mitad de los días del año. La liturgia es rica, musical, poética, cargada de tonalidades simbólicas.

Con ello, y como generalidad, el etíope es astuto, bueno, honesto, abierto, hospitalario, amoroso, conectado consigo mismo, con Dios y con su interior. Ocupado de su día a día, de su momento presente, sin preocuparse demasiado por el futuro. Crece hacia el cielo, asentado en unas profundas raíces, que se alimentan de una tradición que sustrae la energía de su propia tierra.

Etiopía es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más bellos del planeta. Cuando uno se adentra en la esencia de este país, descubre que toda esta explosión de hermosura es simplemente el espacio en el que se manifiesta la divinidad en unos seres irrepetibles.