España es el país con mayor número de misioneros católicos en el mundo, con más de 11.000 miembros. La mitad de este contingente son religiosas y sus principales destinos se hallan en Perú, Venezuela y Argentina
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Hna. Victoria Braquehais |
Aunque el perfil del
misionero ha cambiado radicalmente, sigue entrañando riesgo: 40 fueron
asesinados el pasado año, explica el periodista Gerardo Elorriaga, en Diario Sur, que en
este artículo presenta la necesidad que tienen los misioneros de formarse,
tomando como ejemplo el esfuerzo que hace el IEME, el Instituto Español de
Misiones Extranjeras, y cuya labor es necesaria en el mundo actual, incluida
España, que ahora es tierra de misión. Una labor que ilustra con el testimonio
de cuatro misioneros españoles que trabajan en África, Sudamérica y el Caribe.
La fotografía en blanco y
negro del venerable religioso de barba amplia y espesa que posa rodeado de
indígenas en un claro del bosque forma parte de nuestra memoria colectiva.
Estos pioneros, a menudo solos y con escasos medios, asumieron la dirección de
la obra misionera de la Iglesia católica en los lugares más remotos.
“La imagen es real, pero
pertenece ya a la historia. A ellos les tocó roturar, pero, hoy, su
presencia se ha vuelto minoritaria”, asegura Isidoro Sánchez, responsable
de formación dentro del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME),
entidad que cuenta con una escuela destinada a las nuevas promociones. Sus
estudiantes evidencian la transformación y el nuevo perfil de los divulgadores
del Evangelio. En el último curso había veinticinco mujeres y tan sólo cinco
hombres, apenas contaban con sacerdotes frente al contingente de laicos, y
la procedencia también sorprendía. Cinco de las alumnas del último curso eran
vietnamitas, miembros de una orden radicada en Navarra y cuya superiora procede
de Congo.
Quizás la fe y el riesgo
son las características que traspasan el tiempo y los cambios sociales. Según
la agencia Fides, 40 misioneros fueron asesinados en 2018 y la mayoría
pereció en África, el continente donde, hace unas semanas, resultó abatido por
milicianos yihadistas el salesiano español Antonio César Fernández.
España es el país con mayor
número de misioneros católicos en el mundo, con más de 11.000 miembros. La mitad
de este contingente son religiosas y sus principales destinos se hallan en
Perú, Venezuela y Argentina.
Los argumentos constituyen
el principal equipaje de aquellos que partirán a entornos de toda condición. Los
enviados de Dios han de gozar de una importante base teológica, según sus
responsables. “Porque será el cimiento de su identidad y una manera de afrontar
el diálogo interreligioso, otra circunstancia de esta época”, aduce Natalia
Moratinos, secretaria general de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón.
Las lenguas suponen otra
asignatura obligatoria, tanto el francés como el inglés y otras nativas,
aunque, curiosamente, la palabra ya no es su única herramienta. “No se
transmite el Evangelio sólo con el verbo, también mediante el testimonio y
la acción”, apunta Natalia, y señala que, en ese propósito, no hay diferencias
de sexo. “Sacerdotes y religiosas nos complementamos, pero ¿ellos dirigirnos a
nosotras? No, en absoluto, hay curas mandones en todas partes, pero las monjas
somos difíciles para que nos digan lo que tenemos que hacer”.
La tarea, asimismo, difiere
en función de los destinos. En Marruecos no se pueden acometer iniciativas
propias y la actuación sólo es posible a través de la cooperación con entidades
locales. Pero a los misioneros no les resulta complicado convivir en un país
musulmán. “Es sencillo compartir la fe en un pueblo de creyentes, lo extraño
es hacerlo en España, donde predomina la indiferencia”, advierte. La secretaria
general de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón destaca que, frente a las
limitaciones magrebíes, en la India se puede llevar a cabo todo tipo de
iniciativas y algunos Estados africanos incluso les llegan a confiar el salario
de los profesores. “Porque la Administración tiene la certeza de que se lo
daremos, aunque tal función también nos pone en peligro”.
Esta orden lleva a cabo
actividades de todo tipo. En Colombia colabora en el desarrollo de la comunidad
afrodescendiente, en la base de la pirámide social del país, y en Tailandia
ofrece educación a las jóvenes camboyanas atraídas a la zona fronteriza,
abundante en casinos y burdeles. Pero son conscientes de la falta de relevo en
la gestión de tales proyectos. “Nuestro país se ha convertido en tierra de
misión, lo estamos viviendo”, lamenta, y alude a la falta de vocaciones
tanto autóctonas como foráneas. “La vida religiosa no tiene atractivo”,
admite.
¿Habrá que cambiar el
modelo? “Sí, mucho, pero, ¿cómo? No lo sé, nadie tiene la respuesta”, aduce,
aunque reconoce que el problema no le quita el sueño. “Yo vivo lo que tengo que
vivir y allá Dios, él nos ha metido en el lío. Él es el que da y sabe lo que
hace”.
Una adaptación difícil
El primer paso hacia la
misión puede estar en la parroquia o una congregación, después de discernir si
se poseen facultades. A veces, resulta más complicado llegar a la selva que
al Vaticano. El sacerdote jesuita Jorge María Bergoglio aspiraba a la vida
misionera, pero el padre Arrupe, prepósito de la Compañía, le recordó su pulmón
semiamputado. Más tarde, el frustrado aspirante se convertiría en el Papa
Francisco. “Se requiere mucha capacidad para soportar condiciones duras de
calor, lluvia o modos de vida diferentes, como sucede en Japón, pero tampoco es
fácil trabajar dentro de un pequeño grupo de personas en una zona de relativo
aislamiento”, indica Sánchez. La adaptación supone otro reto. “No sólo por las
barreras físicas, sino también de comunicación. Hay que hacerse niño y que
los pobladores sean tus mentores, y eso, para un adulto, es duro”.
En la Escuela
del IEME no sólo se imparten enseñanzas prácticas y religiosas. Los nuevos
misioneros también deben reconocer los problemas de sus nuevos escenarios de
trabajo, las claves para entender su realidad, tan ajena en principio, los conflictos
o los retos ecológicos. “Hay que compartir ilusiones pero también
clarificar objetivos”.
El peligro que
suponen los contextos hostiles siempre está presente. “A veces, el misionero no
se ha ubicado correctamente”, expone este formador, que destaca la necesidad de
ser muy respetuoso con las creencias locales. “No hacemos proselitismo, sino
que convivimos con ellos y damos testimonio con la palabra y, sobre todo, con
nuestra vida. La fe se contagia a través de la convivencia”. Pero los
números evidencian una situación compleja. “Hoy tenemos más mártires que
durante los primeros siglos del cristianismo”.
La dirección de
los flujos también ha cambiado. Antes, la Iglesia estaba aquí y el ámbito
pagano se encontraba allá y se enviaba la novedad del Evangelio, mientras que,
ahora, la comunicación es de ida y vuelta. “Nosotros ayudamos a
fortalecer instituciones jóvenes, pero también acuden asiáticos y africanos a
Europa para ampliar estudios o incorporarse a la vida eclesial”, destaca
Sánchez.
Nuevos
protagonistas
Lo cierto es
que Europa está cediendo protagonismo a otras regiones con joven
vocación misionera. Corea del Sur cuenta con unos 1.000 propagadores de la
fe católica y ya ha situado a unos 150 en América del Sur. El peso de los
seglares también se ha incrementado con iniciativas como las del Camino
Neocatecumenal, los seguidores del sacerdote Kiko Argüello, que ya ha tomado la
delantera en el concurrido ámbito de las congregaciones con carisma misionero.
Alrededor de medio millar de acólitos se ha diseminado por el mundo para
exponer su visión de la fe, incluyendo destinos tan inusuales como Suecia o
Ucrania. Otras entidades, como Ekumene y Ocasha-Cristianos con el Sur,
fomentan, asimismo, la presencia de laicos.
Aquella
instantánea del religioso con hábito y aspecto patriarcal ha dado paso a
familias de padres treintañeros e hijos pequeños que quieren vivir una
experiencia conjunta antes de retomar su vida en España. “En muchos casos, su horizonte son tres años, generalmente renovables, y
suelen regresar por las necesidades educativas de la prole”, indica el
responsable de formación del IEME. En una tendencia paralela y en sentido
inverso, se ha reducido considerablemente el número de sacerdotes que piden
permiso en su parroquia para ir allende los mares. “Ya no más de uno o dos por
año –apunta–. Hay que vivir la realidad del momento. Hoy, la obra misionera
es de todos”.
Regina Casado
(78 años), Orden del Niño Jesús: “El misionero debe tener el valor de
denunciar”
Regina Casado
asegura que había mucha pobreza en su Bierzo natal, allá en los años sesenta,
cuando era joven. “Vi injusticias y quería ser religiosa”, recuerda. Fue
entonces cuando conjugó experiencia y apetencia en una vocación que la condujo
muy lejos. “Pedí ir a África tan pronto como hice los votos”. Fundó una
misión en Camerún donde permaneció durante veintidós años, a pesar de su miedo
a los bichos y la malaria.
Regresó tras
ceder el testigo a religiosas nativas, pero pronto demandó volver al continente
y encontró nuevo destino en la vasta periferia de Dakar, la capital senegalesa,
un lugar de aluvión donde vive desde hace casi dos décadas, empeñada en la
educación de las muchachas. “Les hago comprender la necesidad de saber leer y
escribir, de desenvolverse por sí mismas y gobernar su vida”, explica.
Con el apoyo de la ONG española Manos Unidas, gestiona un centro para chicas
“donde se imparte una formación integral para que no sufran la opresión de la
pobreza”.
Hay que conocer
y comprender, explica, y mantener un espíritu abierto para impulsar la
cultura tradicional e inculcar la moderna. “Y defender las causas. Sin
exponerte, pero tampoco acongojarte. Yo ahora lucho contra la droga en esos
barrios miserables y su influencia en los más jóvenes. El misionero debe tener
el valor de denunciar”.
Juan Linares
(75 años), Salesiano: “El ser humano seguirá implicándose por los demás”
Juan Linares ha
robado horas al sueño buscando a los menores que pernoctaban en parques de
Haití o la República Dominicana, ganando su confianza y proporcionándoles
herramientas para que fueran protagonistas de sus vidas. “Eran niños y
adolescentes condenados a no ser nadie y resultaba sumamente estimulante
que se convirtieran en mecánicos o ingenieros”. A juicio de este salesiano
salmantino, toda opción exige renuncias, pero el ser humano tiene
trascendencia, una dimensión distinta que nos hace solidarios. “Por eso seguirá
implicándose por los demás”.
Su experiencia
en la región recoge episodios tan duros como el terremoto de 2010 en Puerto
Príncipe. “Sabíamos que había una escuela que se había venido abajo con 200
alumnos en su interior”. Recuerda “la visión de gente traumatizada caminando
sin rumbo” y cuenta algunos sinsentidos: “Las instituciones nos pedían
facturas para justificar los gastos de la ayuda de emergencia pero ni siquiera
había papel”.
En el haber de
sus penalidades, también incluye la estancia en La Habana durante el periodo
castrista más férreo, aislados del mundo. “Es muy duro cuando no puedes ser
quien quieres ser”. En cualquier caso, el balance es satisfactorio: “Hay
momentos de cansancio, de interrogantes, pero, más allá de todos ellos, lo
cierto es que he sido muy feliz”.
Victoria
Braquehais (42 años), Pureza de María: “Mi tierra posee un horizonte que se
mueve”
A Victoria
Braquehais se le advirtieron pronto maneras y un espíritu aventurero. Aquella
niña mallorquina pidió a los Reyes Magos un diccionario de suajili-español. El
continente africano era su vocación, aunque, mientras se materializaba esa
aspiración, estudió Filosofía y Teología en Roma, y se licenció en Filología
Inglesa. “La sabiduría tiene poca importancia con la gente pobre”, aduce,
aludiendo a sus diez años en el poblado de Kanzenze, al sur de la
República Democrática de Congo.
Sus inquietudes
intelectuales revelan que, incluso en un lugar tan aparentemente remoto, las
misioneras de hoy en día diversifican sus intereses, no se aíslan ni rompen con
el mundo. Ella escribe en el blog 'Conectando con África', lee sobre
biología o psiquiatría, gestiona escuelas, desarrolla proyectos de cooperación
con la ONG Manos Unidas y comparte con un amigo musulmán comentarios sobre el
Evangelio escrito en arameo. “Mi tierra posee un horizonte que se mueve”,
dice, y aunque le asustan los perros, va por el Congo “como Pedro por su casa”.
No tiene miedo
por residir en uno de los países más torturados del mundo, “aunque no sé
qué puede suceder en el futuro. Mi única preocupación es que la inestabilidad afecte
a los chicos de la escuela, pero no temo por mí, yo ya he entregado mi vida a
Dios y he descubierto que lo realmente importante es lo que Él quiera”.
María Jesús
Pérez (63 años), Franciscana terciaria: “Necesitamos tiempo de retiro, no se da
lo que no se tiene”
María Jesús
Pérez proviene de una familia con ascendiente religioso –uno de sus tíos fue
sacerdote y resultó asesinado en Chad en 1975– y se reconoce impulsada por el
deseo de justicia social. “Me gusta escuchar y ver qué se puede hacer”, explica
esta monja leonesa afincada en Ecuador desde hace 35 años. Ahora bien, las
similitudes con una misionera al uso acaban ahí. Las convenciones no la
encorsetan. Ella es una promotora, mujer de acción y resolución. La conocimos
en los Andes junto a las comunidades indígenas y nos despedimos en un
aeropuerto de la costa del Pacífico, dispuesta a volar a la Amazonía. “Yo soy
itinerante como San Francisco”, confiesa. A lo largo de ese periplo, ha
apoyado iniciativas de economía social, turismo ecológico y comercio justo en
el país sudamericano. “Hay que escuchar, apoyar y exigir derechos, tampoco
podemos descuidar la incidencia política”.
Directora
ejecutiva de la Fundación Maquita, achaca su vitalidad a esa mirada propia de
las mujeres. “Queremos igualdad y
desarrollamos una visión más integral”. Los proyectos surgen de
oír a las indígenas y asumir sus aspiraciones. Pero, ¿hasta dónde se puede
llegar en ese esfuerzo por los más desposeídos? “Es imprescindible parar”,
admite. “Necesitamos tiempo para el silencio, de retiro, para llenarse de Dios.
Y descansar, claro, que no se da de lo que no se tiene”.
Fuente: ReL