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2 de febrero de 2018

UNA BOTELLA DE AGUA COMO ESCUDO EN EL POLVORÍN DE ÁFRICA

Al menos diez sacerdotes y dos religiosas permanecen secuestrados por las Fuerzas del Orden

Cuando la ambición alcanza su condición de ciénaga, aparecen sujetos como Kabila, empeñados en sobrevivir al fango en el que han convertido su país. La República Democrática del Congo es ahora el polvorín de África.

Más de un millón y medio de personas se encuentra al borde de la hambruna en un país con uno de los subsuelos más rico en yacimientos minerales del mundo, especialmente el codiciado coltán, tan manchado ya de sangre. 

Las últimas protestas contra el presidente Kabila han dejado al menos una quincena de muertos. En la foto se descubre el armamento de los manifestantes: grupos de familias, ancianos, niños a la salida de Misa, armados con una mortífera botella de agua como la que lleva el sacerdote que vemos en primera fila. El resto portaba ramas de árbol como símbolo de paz, rosarios y crucifijos.

Al menos diez sacerdotes y dos religiosas permanecen secuestrados por las Fuerzas del Orden. Tan solo secundaban marchas pacíficas para pedir las elecciones siempre retrasadas. Cuando reina la sinrazón siempre acaba siendo perseguido con saña aquel que tiende puentes; en este caso, una vez más, la Iglesia.

El presidente Kabila, que llegó al poder en 2001, debería haberlo dejado a finales de 2016, pero amenaza con perpetuarse en el cargo. Se resiste a convocar unas elecciones que va a perder y que pondrían en peligro la fortuna amasada durante años de corrupción. Se estima que, entre negocios, permisos mineros y tierras, su fortuna asciende a cientos de millones de euros.

En este escenario la Iglesia católica se ha convertido en una esperanza de paz para un pueblo demasiado herido. Y en el cuentagotas del horror, la epidemia de cólera que se extiende por el país ha producido ya 2.000 muertos. Dramas como el de los niños soldado, usados para trabajar para los líderes armados como escoltas, cocineros, guardias, esclavos sexuales o combatientes es incontable.

Ellos son otra parte de los males colaterales generados por esta maraña de enfrentamientos. Intentemos ponerle un nombre al sacerdote que se protege de la policía en la foto, así quizás le damos la oportunidad de que alguien pregunte por él y por sus feligreses. Los nombres dan visibilidad a quienes tantas veces tratamos como números.

Desde Roma, el Papa Francisco sigue de cerca la evolución de los acontecimientos. El pasado noviembre convocó una jornada de oración y en su reciente viaje a Perú volvió a realizar un llamamiento por la paz en este país.

Que alguien se atreva a entreabrir ventanas en este espacio de violencia, créanme, llena de esperanza a los que vemos en la foto. Necesitamos que Francisco recuerde al mundo lo que está sucediendo en este polvorín de África, que altere nuestra indiferencia, la misma que nos permite a nosotros seguir donde estamos, con lo que tenemos, y a ellos permanecer donde están, con lo que no tienen.

Eva Fernández

Fuente: Alfa y Omega