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29 de julio de 2015

MIS AMIGOS ROSA Y EDU CON SUS 5 NIÑOS NOS CUENTAN SU EXPERIENCIA MISIONERA EN COSTA RICA (Crónica 4)

Queridos amigos,
Este último tiempo ha sido muy fecundo desde el punto de vista de la misión. Después de una primera etapa de adaptación y de conocer la realidad del Movimiento aquí, se van abriendo grandes campos de trabajo de los que os iremos hablando en las próximas crónicas.

Antes nos gustaría hacer un paréntesis para compartir con vosotros lo que hemos vivido este fin de semana, con la idea de contribuir a que vayáis conociendo este bello país poco a poco.

Tras varias semanas intensas en San José habíamos planeado visitar el Caribe. Urgía un tiempo en familia para volver a tomar el pulso y descansar los unos en los otros. Partimos el viernes al medio día a Puerto Viejo (una pequeña localidad del Caribe Sur) con mucha ilusión, pues después de más de cuatro meses aquí todavía no conocíamos la costa atlántica, pese a estar a tan solo 160 km de nuestro hogar. Nuestra intención era visitar el Refugio Nacional Gandoca-Manzanillo y el Parque Nacional Cahuita. El trayecto en coche ya prometía de por sí, pues se ha de invertir 4 horas en recorrer los tan solo 218 km hasta nuestro destino.

Nada más dejar San José, a unos 24 km, nos topamos con la "jungla" de Braulio Carrillo. Un bosque húmedo imponente de 45 mil hectáreas, que se encuentra al este del volcán Poás, al noroeste del volcán Irazú, y en donde se sitúa el volcán Barva. En las empinadas montañas de esta selva habitan nada menos que 6000 especies de plantas y 500 especies de aves, además de millares de reptiles, anfibios y felinos, tales como el jaguar o el puma.

Una carretera construida en el año 1987 atraviesa este esposo parque uniendo San José con la ciudad caribeña de Limón. El trayecto en coche es simplemente sobrecogedor. A derecha e izquierda se van dejando atrás numerosos rascacielos de origen volcánico cubiertos del frondoso y oscuro bosque.

La densidad es tal que uno tiene la sensación de que adentrase en él significaría perderse entre la oscuridad en apenas unos metros. Quizás un preludio de lo que nos ocurriría el día siguiente.

Pasado Braulio Carrillo uno comienza a bajar hacia el este, a rebufo de decenas de camiones que trasportan contenedores con destino a Limón, en donde se encuentra el mayor puerto de mercancías del país. El humo de los camiones se combina con la belleza del paisaje, siempre verde y agradable.

Antes de llegar a Limón doblamos al sur con destino a Puerto Viejo y todavía continuamos unos 58 km más, siempre con el mar a nuestra izquierda. A esas alturas ya habíamos dejado de contar los numerosos ríos que hemos cruzado, siempre a poca velocidad para tratar de encontrarnos con algún cocodrilo. Esta vez no se han dejado ver.

Antes del anochecer llegamos a nuestro hotelito. Tras descargar maletas, muertos de hambre, nos disponemos a buscar algo para cenar. Después de caminar unos 300 metros nuestro hijo mayor comienza a gritar “¡papá, mamá, paella, paella!” No sabemos si el descubrimiento de aquel restaurancillo les hizo más ilusión a los niños o a nosotros, en cualquier caso era la primera vez que íbamos a probar un bocado español desde nuestra llegada. Por supuesto, pedimos unas raciones de paella para compartir, junto con un gazpacho y una tortilla de patatas. No se nos había olvidado el sabor, y efectivamente nos supo a gloria.

Al poco, comenzamos a hablar con el matrimonio que administraba el restaurante, él marmolista de profesión y ella licenciada en administración de empresas. Ambos catalanes. Como no podía ser de otra manera, no tardamos en hacernos mutuamente las típicas preguntas de “¿qué hacéis por aquí?” “¿hace cuánto llegasteis?” etc, etc.

Cuando entramos en confianza nos contaron un poco su historia. Llevaban 3 años en paro, y tras largo tiempo con trabajos muy precarios intercalados con prolongados periodos sin ingresos, se decidieron a dar el salto. La última etapa en Barcelona había sido dura, sin luz en la casa por impago, ni calefacción, y sin dinero para la comida, por lo que habían tenido que acudir a Cáritas para alimentar a su único hijo. ¡Sí, esto también pasa en nuestro país! Y no eran inmigrantes, ni drogadictos, ni gente con problemas psicológicos. Una familia normal, es más, gente educada, súper trabajadora, y con gran iniciativa, la que es indispensable para cruzar el atlántico de esta manera. Pero sobre todo, una matrimonio con un extraordinario don en la cocina. Hace un año aterrizaron en Costa Rica y aunque su vida sigue siendo difícil al menos tienen un trabajo que les dignifica. Ahora tratan de obtener un visado para legalizar su pequeño negocio.

Nos impresionó su alegría y su acogida a todo el que llevaba al restaurante, un sencillo chiringuito de playa cerca de la casa de uralita donde vivían. ¡Qué bueno es Dios que a través de los acontecimientos y las personas que nos pone en el camino nos va enseñando tantas cosas y nos invita a re-encantarnos con nuestros anhelos más profundos! En cada viaje que hemos hecho siempre hay un encuentro con alguien que marca el rumbo, que nos enseña o recuerda algo. ¡Qué importante es permanecer siempre alegres, en toda circunstancia!

Desde luego ellos lo eran, más cuando el Barca ganó el día siguiente el "triplete" No pudimos más que sumarnos a su alegría, aunque en este caso nos costó un poquito más jeje :-)

Al día siguiente un concierto de pájaros nos levantó a las 5 de la madrugada, algo habitual en Costa Rica apenas uno sale de la cuidad. Desayunamos y nos dirigimos a la entrada del Refugio Nacional Gandoca-Manzanillo. Nuestra idea era cruzar el parque a pie hasta "Punta Mona", en donde se encuentra una playa virgen en mitad de la selva. Google maps nos había marcado una distancia de 5.5km y un tiempo estimado de una hora y media. Lo mismo nos había indicado un caribeño. El plan era el siguiente: salir temprano,

caminar, disfrutar de la playa una o dos horas y emprender el camino de vuelta, para llegar a la hora de la comida. En total 11 km y unas cinco horas entre paseo y playa. Craso error. Moraleja: ¡Nunca mirar en Google maps un recorrido por la selva, y menos aún preguntarle a un lugareño! Esta persona luego nos reconoció, que cuando nos vio en chanclas, con los niños y embarazada, pensó, “van a tardar poco en dar la vuelta”. Nos preguntamos por qué no fue capaz de expresar ese sentimiento.

Comenzamos el viaje felices y con la ilusión de encontrarnos con animales y contemplar la naturaleza. Ya habíamos estado en otros parques naturales del país, y pese a que sabíamos que esta ruta nos iba a llevar por caminos un poco más salvajes, en nuestra cabeza siempre estaba la idea de encontramos un camino bien acondicionado para el paseante, tal cual habíamos experimentado anteriormente.

El primer tramo del trayecto fue muy amable. A nuestra izquierda el precioso mar Caribe, y a nuestra derecha un exuberante y colorido bosque. Los caminos decentemente indicados y todavía relativamente llanos.

Poco a poco el sendero se fue haciendo más angosto y abrupto, y sin darnos cuenta nos habíamos adentrado en la selva, perdiendo de vista el mar.

Todavía ilusionados con la aventura, cada obstáculo era una motivación. Árboles que cortaban el camino, cuestas empinadas que había que trepar a "cuatro patas" ayudándonos de las raíces de los árboles. Los sonidos fascinantes de la selva nos habían hecho perder la cuenta del tiempo.

Seguimos caminando y por primera vez miramos el reloj. Habían pasado ya tres horas pero nos dijimos: "no tenemos calzado adecuado y caminamos con niños, por eso nos estamos retrasando, debe quedar muy poco para llegar" Sin embargo, el camino, lejos de ir aclarándose se nos hacía cada vez más y más difícil, sobre todo por el barro y la sensación de estar alejándonos demasiado de la costa. A esas alturas los mosquitos y purrujas nos habían comido las piernas y nos habíamos encontrado con tres ranitas rojas, las cuales nos transmitieron una cierta sensación de peligro. Su color no tenía mucha pinta de amigable. Durante todo ese trayecto aún no nos habíamos encontrado con nadie y eso nos hizo recapacitar y tras pesárnoslo mucho, nos dinos media vuelta. A esas alturas habíamos empezado a racionar el agua y fue la primera vez que los niños comenzaron a inquietarse un poco. Victoria dijo, "tengo miedo papá, me voy a dormir ¿vale?" Y así fue. ¡Qué facilidad!

Quince minutos más tarde nos encontramos con los primeros seres humanos, ¡qué alegría! Corriendo preguntamos, “¿conocen el camino?; ¿Cuánto queda para Punta Mona?; ¿Desde allí cuánto tardaríamos en terminar de cruzar el parque por el otro lado?". “Hice esta ruta hace unos diez años" nos dijo uno de ellos. "Creo que nos debe quedar como una media hora. Luego desde Punta Mona a Gandoca hay otra media hora más”.

"Bueno, merece entonces la pena ir a Punta Mona y de allí a Gandoca en donde seguro podremos encontrar un taxi", pensamos.

Segundo craso error: hacer caso a alguien que hizo la ruta hace 10 años. Ni quedaban 30 minutos para Punta Mona ni de allí había otra media hora hasta encontrar un taxi accesible. Error que a la postre terminó por ser nuestra salvación.

En cualquier caso nada de eso sabíamos en ese momento así que emprendimos nuevamente la marcha, y nuestros amigos, con un ritmo mayor, pronto se alejaron. Una nueva pareja nos volvió a pasar, hicieron un amago de ayudarnos un poco con los niños y siguieron su ritmo.

El camino pasó a cerrarse definitivamente y el suelo terminó por convertirse en un auténtico barrizal. Era imposible caminar por el fango con las chanclas, así que no había más opción que descalzarse y seguir el camino a pie descubierto. Antes habíamos sentido cierta inquietud, pero la idea de andar por el barro en la selva sin saber qué podría haber por ahí abajo, nos despertó cierto miedo por primera vez, más sabiendo que abundan las boas por esta parte del país, ni que decir de otras tantas serpientes de diversa variedad, así como cocodrilos que habitan en la laguna. La lógica nos decía que el camino no nos debería conducir a semejante destino, pero tanto lodo nos hizo dudar. ¿Nos estaríamos acercando? El fango por momentos nos llegó hasta la rodilla, así que niños arriba y a continuar: ¡"Sigamos, nos debe quedar muy poco"! Una cosa teníamos clara, si por cualquier razón debíamos dar media vuelta, cogeríamos un camino alternativo, haríamos señales de humo para que nos vinieran a buscar un helicóptero, o en el peor de los casos volveríamos nadando, pero por ahí no volvíamos a pasar.

Cuando ya estábamos al límite Lorenzo gritó: “¡Oigo el mar!” Ya quedaba poco. En unos minutos habíamos divisado costa, ¡ya estábamos a salvo!

Tras andar medio kilómetro más nos volvimos a encontrar con una de las parejas que nos habían pasado antes. ¡Ya estábamos en Punta Mona después de cinco horas y tras haber recorrido 8 km según el gps de nuestros amigos!

Aun no pensábamos en la vuelta, primero queríamos descansar y disfrutar de la playa paradisíaca al menos durante unos instantes. ¡Qué maravilla de lugar! Un gran esfuerzo suele ser la antesala de un gran premio.

"Nos alegramos de haber venido aquí" nos dijeron los niños.

Cuando ya empezábamos a pensar en la vuelta, de repente vimos una lancha que se acercaba. ¡La Providencia ya nos ha conseguido un medio de transporte! Nada más atracar preguntamos desesperadamente: “¿Nos podría llevar a Manzanillo?” “Por quince mil colones les llevo a todos”, contestó. Van a ser los mejores $30 invertidos de muestra vida, pensamos. Ya solo nos quedaba disfrutar de un ratito más en la playa sin agobios, en media hora salíamos.
Al volver pudimos contemplar los kilómetros y kilómetros de selva que se comían el mar. Una vista desde el bote realmente impactante. Sin duda, lo más bonito que hemos visto hasta ahora en este país tan precioso. "¿Todo eso hemos recorrido papá?" preguntó Dado. Estupefactos, solo asentimos con la cabeza mientras mirábamos la longitud y profundidad interminable del bosque.

Derrotados llegamos de vuelta al coche en donde nos estaba esperando el pic nic que habíamos preparado en la mañana. Aquella noche no tardamos mucho en dormir. Los niños estaban con energías pero nosotros no podíamos mover ni las pestañas.

A la mañana siguiente nos volvimos a levantar con el concierto de los pájaros y tras desayunar fuimos a visitar el Parque Cahuita. Recorrimos 5 km, pero esta vez por un camino perfectamente trazado y delimitado. Es lo primero que preguntamos antes de entrar.

Uno de los guardas del parque nos explicó el tremendo destrozo que está provocando el cambio climático en el país, erosionado fauna y ecosistema. En pocos años el mar se ha comido 30 metros de costa por el calentamiento global. Un dato como para tener en cuenta. Con razón el Papa va a publicar una nueva encíclica, “Laudato sii” sobre el cuidado de la casa común.

Con todo lo aprendido nos fuimos de vuelta a San José. Los niños estaban felices y nosotros también. Solo nos queda un sentimiento de gratitud y alabanza al Señor por haber creado este mundo tan precioso. ¡Ojalá que podamos contribuir a su cuidado con una vida sencilla y que respete la naturaleza!

Solo un pequeño susto más para comenzar la semana. Por si nos habíamos quedado con ganas de bichos, al destender la ropa nos encontramos con un alacrán entre las toallas. Al principio nos dio bastante respeto, pero nuestros amigos ticos nos tranquilizaron diciendo que estos alacranes sólo te pican si se sienten amenazados. Lo malo es que buscan el calorcito de la ropa así que a partir de ahora mejor sacudir un calcetín antes de ponérselo. Por otro lado, suelen ir en parejas y nosotros solo encontramos uno. ¿Dónde estará el otro?
Bueno, esto es todo por hoy. En la próxima crónica retomamos nuestra labor misionera.

Desde nuestro Santuario Hogar os mandamos un fuerte abrazo a todos y cada uno.
Con mucho cariño,


Rosa y Edu