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8 de enero de 2016

“MI CORAZÓN SIGUE EN ZIMBABWE”

Bien sabía yo que, si la gente lograba entender debidamente lo que Dios significa en la vida de cada persona, todo podría cambiar y mejorar: la familia, las relaciones humanas, el trabajo, la sociedad en general...

Hace pocos meses que salí de Zimbabwe como jubilado. Mi intención habría sido la de quedarme allí hasta que mis fuerzas flaquearan del todo, sin embargo, debido a un problema de mis caderas, tuve que venir a España en vista a buscar una solución a mis achaques de salud.

No sé cómo empezar a hacer balance de lo que han sido estos años. Mi compromiso misionero fue para toda la vida. El código de derecho canónico ha dado, sin embargo, a nuestra madre la Iglesia un rostro más humano y razonable que el que podía tener tiempos atrás y ha reconocido que 75 años de edad son más que suficientes para que la persona (en nuestro caso, el sacerdote) pueda retirarse con la cabeza bien alta para llevar a cabo, de otra manera, ese compromiso inicial de servir a Dios, siguiendo la llamada de Jesús a ser sus servidores y evangelizadores. 

Ahora, quizás, a partir de este momento, mi modo de evangelizar discurra de una manera más sosegada y más llena de iniciativas personales para poder dedicarme a cosas que, de estar completamente activo, no podría hacer. A ello voy.

Dar a conocer el “Proyecto de Dios”

Intentaré resumir mis 48 años en Zimbabwe en unos pocos puntos. Mi convicción de que era necesario dar a conocer el “Proyecto Dios” a todo aquel que no hubiese oído hablar de Él supuso la fuerza motriz de mi vocación. Este proyecto, que se pone de manifiesto por la encarnación de Jesús, constituye una revolución en las mentes y en los corazones de las personas. Nuestra relación con Dios, a través del Dios visible en los seres humanos en todos sus resortes –religiosos, espirituales, humanos, sociales, etc.–, era un reto que había que afrontar. Debido a esta profunda convicción que yo tenía, vi claro que merecía la pena entregarme a la obra misionera de evangelización. Y a Burgos fui a parar.

Todo hombre que quiera estar cerca de la gente de otros pueblos y poder acompañarla lo primero que debe procurar es conseguir hablar en su lengua y conocer su cultura, su modo de relacionarse y desenvolverse en la vida. Por este motivo, doy las gracias a alguien como el  P. Alejandro, quien tanto esfuerzo se tomó para que ningún misionero del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) estuviese en Zimbabwe sin saber defenderse bien en las lenguas locales. Hablar el shona me acercó a los habitantes del lugar y con ellos viví siempre a gusto, como uno más de su comunidad.

Mi interés, como el de todos los misioneros, fue dejarme evangelizar por la propia gente a   la que fui a servir. Hice esfuerzos por leer y aprender su cultura y por tratar de ver su punto de referencia de cara al Evangelio. No todo era admisible ni todo detestable; era necesario hacer una evaluación seria de cara a la evangelización, eran los tiempos después de Concilio Vaticano II. Así lo hice y estoy la mar de contento de lo conseguido.

Vivir como ellos

Desde el primer momento quise adaptarme lo más posible al modo de vida de la gente. En cuanto a vivir en la misma situación de pobreza que ellos, sabía muy bien que nunca lo lograría al cien por cien. Pero era cuestión, sobre todo, de no abrir una brecha de mucha distancia que pudiera separar su realidad y la mía: comer lo que la gente comía, vivir en casas sin excesivo lujo, usar el coche para lo estrictamente necesario, alojarme en sus propias viviendas, etc. Intenté, por todos los medios, que este fuera el patrón de mi vida.

Me dolía, como así sucede a todos los que por primera vez llegan a África, ver a tantos chavales y chavalas sin ir a la escuela. Por eso, quise poner ahí todo el empeño que estaba de mi parte para ayudar a algunos niños a tener acceso a la escuela y, con este propósito, también me metí en proyectos de educación en las diversas misiones que me tocó vivir.

En mí estaba muy acentuada la convicción de ser sacerdote con todo lo que ello lleva consigo. Nunca desfallecí a la hora de realizar mi trabajo pastoral a todos los niveles: catequesis, sacramentos, pastoral con los jóvenes, asociaciones, enfermos, familias, etc. Durante mis años de misionero en Zimbabwe, me hacía muchas veces una pregunta: ¿se podría hacer algo más y mejor? ¿Cómo?... No me importaba el tiempo ni el trabajo que debiera dedicar a ello. Bien sabía yo que, si la gente lograba entender debidamente lo que Dios significa en la vida de cada persona, todo podría cambiar y mejorar: la familia, las relaciones humanas, el trabajo, la sociedad en general...

Con los enfermos

Debido a mi labor como sacerdote, he tenido que ser testigo ocular de los tormentos tan atroces con los que se enfrentan los enfermos de sida. Recuerdo, por ejemplo, el de de un muchacho de unos 23 años más o menos. Estaba empleado en un poblado cerca de la misión de Gwave (Gokwe, Zimbabwe). La señora que lo había contratado, como buena católica que era, me mandó llamar para atenderle religiosamente. Vivía en medio de insoportables dolores. Todo él amoratado y con bastantes úlceras con pus en distintas partes del cuerpo. 

El paciente me confesó que no culpaba a nadie, sino a sí mismo por haber cometido los más atroces actos sexuales con mujeres de toda clase. Se dio cuenta de su gran culpa moral y, consciente de que estaba llegando su hora, pidió que yo, como sacerdote, le perdonara sus pecados y que rezara por él para que tuviera una buen a muerte, aun en medio de tanto dolor en su cuerpo. Me conmovió el corazón. Lo que yo siempre he creído se hizo   realidad en este muchacho: que, al final, el bien triunfa sobre el mal.

Otro caso que me tocó experimentar fue el de un hombre joven, unos 33 años, también católico. Este estaba casado y con dos hijos pequeños. Un vecino suyo vino a la misión de Kana a pedir que fuera a administrarle el sacramento de la unción. Inmediatamente cogí el coche de la misión y me dirigí a la casa del enfermo. Se trataba de otro caso de sida ya en su estado avanzado. Esta vez quedé impresionado al ver que este hombre parecía un esqueleto en vida en vez de una persona: ojos hundidos, brazos y piernas como si fueran dos palos sin carne alguna adherida a ellos, las costillas se podían contar una a una. Realmente no era mucho el tiempo que le podía quedar de vida. Su mujer estaba un poco más fuerte que él, pero también en estado avanzado de la dolencia. Se había reunido una pequeña comunidad cristiana, cosa corriente en África. Raramente se tiene una celebración de este estilo en privado, la comunidad es parte primaria y toma parte activa en el ministerio participando con cantos, oraciones y, cómo no, ayudando a la familia con algún don, en forma de comida principalmente, para aliviar sus penas. Administré la unción. Pocos días después me llegó la noticia de que había muerto y fui al entierro.

Desde la esperanza

A África le atacan siempre todas las plagas (a perro flaco, todo son pulgas). Puede que esto sea verdad debido al alto nivel de pobreza y a la falta de medios que padece el continente para salir del atolladero al que ha estado sometido por todos desde tiempos inmemoriales. Pido con todo mi corazón por África, con la única esperanza de que algún día todo llegará a su fin de acuerdo con los planes de Dios y no de los hombres, que, muchas veces, se distancian de los suyos, de sus hermanos.

Creo que, a grandes pinceladas, he tratado de haceros ver cómo ha sido y cómo se desarrolló mi vida como sacerdote del IEME en Zimbabue. Ahora, aun estando en España, mi corazón y mi mente están en ese país.

ROSENDO GARRES Misionero del IEME

Fuente: Misioneros Tercer Milenio