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28 de octubre de 2017

LA DIÓCESIS DE MONSEÑOR KIMENIGH: PASTORES NÓMADAS Y 200.000 REFUGIADOS

El 60 % de la población son pastores nómadas, que viajan de un lado a otro buscando dónde hay agua y hierba para su ganado

Monseñor Dominic Kimenigh pertenece a la primera generación de cristianos del norte de Kenia. Nacido en 1961, el mismo año que los misioneros llegaron a la región de Turkana, se bautizó a los 17 años, después de haber estudiado en un colegio fundado por ellos. Fue el primer sacerdote de su tribu, y el primer obispo africano en su actual diócesis, Lodwa, después de dos obispos misioneros.

Ha visitado España para hacer el Camino de Santiago, desde donde se ha acercado a Fátima. Así ha celebrado el 31º aniversario de su ordenación sacerdotal, en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No en vano pertenece a la sociedad sacerdotal del mismo nombre. Su visita ha sido un pequeño paréntesis antes de volver a su labor. 
Allí le esperan 200.000 refugiados, sobre todo del vecino Sudán del Sur, y una población formada mayoritariamente por pastores nómadas que luchan por sobrevivir en una zona donde la última vez que llovió fue hace dos años.

Su diócesis acoge el campo de refugiados de Kakuma, con 200.000 personas. ¿Todos ellos huyen de la guerra civil en su vecino del norte, Sudán del Sur?

Son sobre todo de allí y de Somalia. Pero también hay de la República Democrática del Congo, de Ruanda, de Burundi, de Uganda, e incluso algunos de Etiopía, donde hay un conflicto entre el Gobierno y la principal tribu, que se siente marginada. Algunos vienen huyendo de la violencia, otros de la pobreza. Etiopía, por ejemplo, está mucho peor económicamente que Kenia por la herencia comunista. Hay personas que vienen buscando educación para sus hijos.

¿Están dispuestos a vivir en un campo de refugiados para lograrlo?

En algunos casos sí. Y eso, a pesar de que la vida allí es muy difícil. La única protección que tienen es una lona, y están expuestos a los elementos, al sol, al polvo. Y además están hacinados. Ves a muchos jóvenes que están todo el día sin hacer nada, y eso no es bueno para ellos porque se pasan todo el tiempo pensando en su situación. Hay que hacer algo para que se entretengan. Al haber grupos de distintos países, también surgen conflictos. Una vez los burundeses se enfrentaron con los sursudaneses. Hay un conflicto entre dos personas, y cada grupo se lanza a apoyar a los suyos. Hay personas que vienen muy heridas, traumatizadas por la guerra. Por eso como Iglesia queremos estar presentes, aunque ACNUR se encarga de la manutención y los colegios.

¿Cómo es esa presencia?

Tenemos una parroquia con una decena de capillas –los habitantes están divididos por países–. La celebración de los sacramentos es muy poderosa, y recibir al Señor fortalece mucho a la gente. Tres salesianos están al cargo de la parroquia y de una escuela de formación profesional dentro del campo, donde más de 400 jóvenes estudian electrónica, sastrería, fontanería, carpintería…

También hay unas religiosas italianas especializadas en formar pequeñas comunidades cristianas. Los refugiados vienen de diferentes partes de sus países y no se conocen, así que intentamos que se integren, formen comunidades y recen juntos. Estas comunidades se convierten en el lugar donde reciben apoyo y sentido de pertenencia, y eso les ayuda mucho. Estas religiosas también están haciendo un esfuerzo muy grande por dar algo de formación a las mujeres somalíes, que son musulmanas y no han recibido educación. Ellas, como son mujeres, pueden hacerlo. Y, por último, hace un año formamos a una serie de habitantes del propio campo en sanación de traumas, para que sean ellos mismos los que ayuden a sus vecinos y les enseñen a perdonar.

Su región, Turkana, está habitada mayoritariamente por tribus nómadas de pastores, que en otros lugares de África suelen verse implicados en conflictos o ser fuente de violencia. ¿Es así en su caso?

Sí. El 60 % de la población son pastores nómadas, que viajan de un lado a otro buscando dónde hay agua y hierba para su ganado. Cuando cruzan las fronteras, entran en conflicto con los pastores de otros lugares, porque de repente llegan 400 vacas más para un poco de pasto. En nuestro caso, se trata de conflictos puramente tribales, por los recursos.

¿Son cristianos? ¿Cómo se los atiende pastoralmente?

Muchos se denominan cristianos pero no lo son. Están sin bautizar, pero cuando hay celebraciones participan en ellas. En la diócesis tenemos un departamento de Apostolado de los Nómadas. Formamos a algunos de ellos, que viajan con su propio ganado pero además son catequistas. Son ellos, además, los que se encargan de tener informados a los sacerdotes sobre dónde están, para que puedan acercarse a celebrar los sacramentos. Y los sacerdotes viajan de un sitio a otro por las carreteras que ha construido la propia Iglesia desde que llegaron los primeros misioneros.

¿Fueron los misioneros los que construyeron las carreteras?

Así es. Llegaron en 1961, y Kenia no se independizó hasta dos años después. Durante la época colonial el Imperio británico había restringido el acceso a esta región porque consideraba a la gente muy salvaje; vivían igual que siglos atrás. Aún hoy somos un área marginal. Estamos a mil kilómetros de Nairobi, no llegan los servicios públicos. Los funcionarios –médicos, profesores…–, cuando les mandan aquí, se sienten castigados y vienen ya con una estrategia para lograr que los trasladen. Hay colegios con dos maestros para 300 niños. Además, estamos en un desierto. La última vez que llovió fue hace dos años.

¿Cómo vive el resto de la población, los que no son nómadas?

La presencia de la Iglesia es uno de los elementos que les llevan a hacerse sedentarios.

Cuando fundamos una parroquia, no empezamos con el edificio. Antes hay que excavar para asegurarse de que hay agua. Donde hay, construimos. Y viene la gente y se asienta, porque saben que donde está la Iglesia, hay agua para sus animales. Luego podemos montar una escuela, un dispensario…

María Martínez López

Fuente: Alfa y Omega