El 60 % de la población son pastores nómadas, que viajan de un lado a otro buscando dónde hay agua y hierba para su ganado
Monseñor
Dominic Kimenigh pertenece a la primera generación de cristianos del norte de
Kenia. Nacido en 1961, el mismo año que los misioneros llegaron a la región de
Turkana, se bautizó a los 17 años, después de haber estudiado en un colegio
fundado por ellos. Fue el primer sacerdote de su tribu, y el primer obispo
africano en su actual diócesis, Lodwa, después de dos obispos misioneros.
Ha
visitado España para hacer el Camino de Santiago, desde donde se ha acercado a
Fátima. Así ha celebrado el 31º aniversario de su ordenación sacerdotal, en la
fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No en vano pertenece a la sociedad
sacerdotal del mismo nombre. Su visita ha sido un pequeño paréntesis antes de
volver a su labor.
Su diócesis acoge el campo de refugiados de Kakuma, con
200.000 personas. ¿Todos ellos huyen de la guerra civil en su vecino del norte,
Sudán del Sur?
Son
sobre todo de allí y de Somalia. Pero también hay de la República Democrática
del Congo, de Ruanda, de Burundi, de Uganda, e incluso algunos de Etiopía,
donde hay un conflicto entre el Gobierno y la principal tribu, que se siente
marginada. Algunos vienen huyendo de la violencia, otros de la pobreza.
Etiopía, por ejemplo, está mucho peor económicamente que Kenia por la herencia
comunista. Hay personas que vienen buscando educación para sus hijos.
¿Están dispuestos a vivir en un campo de refugiados para
lograrlo?
En
algunos casos sí. Y eso, a pesar de que la vida allí es muy difícil. La única
protección que tienen es una lona, y están expuestos a los elementos, al sol,
al polvo. Y además están hacinados. Ves a muchos jóvenes que están todo el día
sin hacer nada, y eso no es bueno para ellos porque se pasan todo el tiempo
pensando en su situación. Hay que hacer algo para que se entretengan. Al haber
grupos de distintos países, también surgen conflictos. Una vez los burundeses
se enfrentaron con los sursudaneses. Hay un conflicto entre dos personas, y
cada grupo se lanza a apoyar a los suyos. Hay personas que vienen muy heridas,
traumatizadas por la guerra. Por eso como Iglesia queremos estar presentes,
aunque ACNUR se encarga de la manutención y los colegios.
¿Cómo es esa presencia?
Tenemos
una parroquia con una decena de capillas –los habitantes están divididos por
países–. La celebración de los sacramentos es muy poderosa, y recibir al Señor
fortalece mucho a la gente. Tres salesianos están al cargo de la parroquia y de
una escuela de formación profesional dentro del campo, donde más de 400 jóvenes
estudian electrónica, sastrería, fontanería, carpintería…
También
hay unas religiosas italianas especializadas en formar pequeñas comunidades
cristianas. Los refugiados vienen de diferentes partes de sus países y no se
conocen, así que intentamos que se integren, formen comunidades y recen juntos.
Estas comunidades se convierten en el lugar donde reciben apoyo y sentido de
pertenencia, y eso les ayuda mucho. Estas religiosas también están haciendo un
esfuerzo muy grande por dar algo de formación a las mujeres somalíes, que son
musulmanas y no han recibido educación. Ellas, como son mujeres, pueden
hacerlo. Y, por último, hace un año formamos a una serie de habitantes del
propio campo en sanación de traumas, para que sean ellos mismos los que ayuden
a sus vecinos y les enseñen a perdonar.
Su región, Turkana, está habitada mayoritariamente por
tribus nómadas de pastores, que en otros lugares de África suelen verse
implicados en conflictos o ser fuente de violencia. ¿Es así en su caso?
Sí.
El 60 % de la población son pastores nómadas, que viajan de un lado a otro
buscando dónde hay agua y hierba para su ganado. Cuando cruzan las fronteras,
entran en conflicto con los pastores de otros lugares, porque de repente llegan
400 vacas más para un poco de pasto. En nuestro caso, se trata de conflictos
puramente tribales, por los recursos.
¿Son cristianos? ¿Cómo se los atiende pastoralmente?
Muchos
se denominan cristianos pero no lo son. Están sin bautizar, pero cuando hay
celebraciones participan en ellas. En la diócesis tenemos un departamento de
Apostolado de los Nómadas. Formamos a algunos de ellos, que viajan con su
propio ganado pero además son catequistas. Son ellos, además, los que se
encargan de tener informados a los sacerdotes sobre dónde están, para que
puedan acercarse a celebrar los sacramentos. Y los sacerdotes viajan de un
sitio a otro por las carreteras que ha construido la propia Iglesia desde que
llegaron los primeros misioneros.
¿Fueron los misioneros los que construyeron las carreteras?
Así
es. Llegaron en 1961, y Kenia no se independizó hasta dos años después. Durante
la época colonial el Imperio británico había restringido el acceso a esta
región porque consideraba a la gente muy salvaje; vivían igual que siglos
atrás. Aún hoy somos un área marginal. Estamos a mil kilómetros de Nairobi, no
llegan los servicios públicos. Los funcionarios –médicos, profesores…–, cuando
les mandan aquí, se sienten castigados y vienen ya con una estrategia para
lograr que los trasladen. Hay colegios con dos maestros para 300 niños. Además,
estamos en un desierto. La última vez que llovió fue hace dos años.
¿Cómo vive el resto de la población, los que no son nómadas?
La
presencia de la Iglesia es uno de los elementos que les llevan a hacerse
sedentarios.
Cuando fundamos una parroquia, no empezamos con el edificio. Antes hay que excavar para asegurarse de que hay agua. Donde hay, construimos. Y viene la gente y se asienta, porque saben que donde está la Iglesia, hay agua para sus animales. Luego podemos montar una escuela, un dispensario…
María Martínez López
Fuente: Alfa y Omega