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4 de octubre de 2015

OCTUBRE MISIONERO: "QUIÉN ENVÍA A LOS MISIONEROS?

La Iglesia es ahora la Madre que tiene por misión proclamar, ofrecer y aplicar la salvación de Cristo a todos los pueblos, naciones, razas, lenguas y culturas

Los misioneros no son unos aventureros, ni unos inadaptados, ni unos indignados, que se van por libre a donde quieren o se les antoja. Los misioneros son enviados por la Iglesia, a la que pertenecen por haber sido en su seno bautizados. 

“Así dice el Señor de los Ejércitos: Aquel día diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto, diciendo: Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros”. (Zac. 8, 23) La imagen que aparece en esta profecía es plástica sobremanera: un judío y muchos extranjeros agarrándole por la orla del manto y suplicándole: “Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros”. 

La imagen no es sólo plástica, es también elocuente y significativa: habla del ansia y anhelo de salvación que hay en el corazón de todo hombre y de cómo el hombre, en cuanto percibe señales de salvación, corre tras ellas, agarrándose con fuerza a las mismas.

Bellísima intuición poder ver bajo esta imagen a la Madre Iglesia, rodeada de hombres y mujeres de todos los rincones de la tierra, agarrándose con fuerza a su manto, porque saben que en la Iglesia hay salvación de la buena y de la auténtica: la del único Salvador. La Iglesia sabe que es más fiel a lo que Cristo espera de ella cuantos más sean los que se le junten, agarren y toquen; de ahí su permanente pasión misionera. La Iglesia es consciente de poseer en abundancia un vino de la mejor calidad. La Iglesia sabe que la feliz marea de la Sangre de Cristo ha llegado a su playa, bañándola por todas partes. La Iglesia es consciente también que muchedumbres inmensas de toda nación, raza, pueblo, lengua suspiran por este vino y anhelan poder blanquear sus vidas en la Sangre del Cordero Bendito (Cfr. Ap. 5, 9; 7, 9-14). La Iglesia se ve urgida, por ello, a servir generosamente este vino a todos.

Últimamente la Iglesia no deja de recordarnos que la dimensión misionera, que le es propia, no puede ser algo tangencial a su ser: pertenece a su misma naturaleza. Por ello se afirma que la Iglesia sigue estando en permanente estado de misión. Y, aunque es verdad que la Iglesia de Cristo no ha dejado de hacer misión durante más de dos mil años, la misión encomendada por Cristo a la Iglesia está todavía en sus comienzos. Los pueblos y gentes que aún no saben de Cristo, y por ello no creen en Él  ni pueden vivir su vida, no dejan de aumentar. Y muchos de los que un día creyeron han dejado de hacerlo, llevando una vida como la de los no creyentes. La vigencia de la misión de la Iglesia sigue, pues, de plena actualidad.

Por todo ello, la hora de la misión no pasa. Los minutos de dicha hora tocarán a su fin, cuando venga Cristo, restaure todas las cosas, instaure el Reino de Dios, los hombres acepten su señorío y Dios venga  ser todo en todas las cosas. Pero mientras llega el Domingo último y definitivo, la Iglesia es ahora la Madre que tiene por misión proclamar, ofrecer y aplicar la salvación de Cristo a todos los pueblos, naciones, razas, lenguas y culturas. Enviada con esta misión, la Iglesia hace partícipes de esta misma misión a sus misioneros.

P. Lino Herrero Prieto CMM
                   Misionero de Mariannhill