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19 de noviembre de 2015

BEATA IRENE STEFANI, UNA LUZ DE ESPERANZA Y CONSUELO PARA ÁFRICA

Ella era como un ángel que los lavaba, medicaba, les vendaba las llagas y heridas, les daba la comida, entre otras cosas
A pocos días de la visita del Papa Francisco al continente africano (Kenia, Uganda y República Centroafricana), del 25 al 30 de noviembre, muchos fieles en ese continente recuerdan la vida y obra de la Beata Irene Stefani, misionera en África que un día escribió como lema “¡Sólo Jesús, todo con Jesús, toda de Jesús, todo para Jesús! ¡Nada para mí”.
La Beata Stefani nació en Brescia (Italia), en 1891 en una familia de profunda fe. Fue una niña muy hermosa y desde pequeña mostró una gran sensibilidad por el apostolado entre sus compañeras, familiares y personas mayores. Siempre pensaba en los pobres, ayudaba a los ancianos y cuidaba a los enfermos con trabajos pesados y humildes.
Quería ser misionera pero tuvo que posponer este deseo al morir su madre y hacerse cargo de la educación y catequización de sus hermanos menores. En su familia y parroquia era conocida como “el ángel de los pobres”.

En 1911, con 19 años de edad, dejó su tierra y se fue a Turín para unirse al Instituto de las Misioneras de la Consolata, que un año antes había sido fundado por el Beato José Allamano. El fundador la recibió con los brazos abiertos y con el tiempo la Beata Stefani visitó el hábito religioso, tomando el nombre de Irene. El 29 de enero de 1913 hizo su profesión religiosa.
Más adelante partió con mucho entusiasmo para Kenia, donde la evangelización estaba en sus inicios y no existían escuelas ni servicios sanitarios.
Allí tuvo que aprender un idioma nuevo, adaptarse a la cultura y deshacerse de ciertos prejuicios previos. Asimismo, se reafirmó en su lema: “Jesús es el Salvador y vino a salvar también a los hijos de este pueblo”.
En la Primera Guerra Mundial sirvió como enfermera de la Cruz Roja tanto en Kenia como en Tanzania, atendiendo a muchos nativos que fueron movilizados por los ingleses para ampliar y defender sus fronteras.
Allí, en medio de un hedor insoportable y con enfermos prácticamente abandonados a su suerte, la Beata supo brindar alivio y consuelo a todos. Ella era como un ángel que los lavaba, medicaba, les vendaba las llagas y heridas, les daba la comida, entre otras cosas.
La atención, cariño y delicadeza con que realizaba estas actividades dejaba desconcertados a todos y captó la admiración de muchos musulmanes, médicos sin escrúpulos y torturadores.  Asimismo, preparó a miles que voluntariamente decidieron bautizarse en peligro de muerte.
Después de la guerra evangelizaba haciendo de partera, enfermera, visitadora familiar e iba por el campo buscando jóvenes y adultos para que fueran a la escuela. Por otro lado, salvó a un gran número de niños que fueron abandonados por sus padres para la brujería. Poco a poco empezaron a llamarla “Nyaatha” (madre de misericordia).
Cuando tenía 39 años de edad sintió una especie de llamada interior que le pedía el sacrificio supremo de su vida y ella aceptó. Es así que dos semanas después, mientras asistía a un enfermo de peste que murió en sus brazos, contrajo la misma enfermedad. Partió a la Casa del Padre el 31 de octubre de 1930 y miles de nativos acudieron en masa para verla por última vez.
Fue beatificada el 23 de mayo de 2015 y en su familia espiritual la conmemoran el día de su fallecimiento.
 Fuente: ACI